miércoles, 19 de diciembre de 2007

La alegría como valor ontológico - Javier Otaola



La alegría como valor ontológico.

Al terminar el tiempo simbólico que marca el trabajo de la Logia, en cada tenida, debe siempre preguntar el V.M.: a los Vigilantes ¿Estan los obreros contentos y satisfechos? Porque la alegría es una de las características del iniciado, y uno de los frutos de nuestro trabajo. También en la invocación con la que se extinguen las luces de la Logia hacemos un llamamiento a que la alegría esté en los corazones.

La Alegría del masón no puede ser una alegría indocumentada e inconsciente sino que como todo en masonería se sostiene sobre el fundamento de la luz y la mayor de las consciencias por lo que esa alegría no rehuye el rostro a las insuficiencias y limitaciones de nuestra condición y de nuestra obra. Sin embargo a sabiendas de todo eso y conscientes de la grandeza de la obra que queda por hacer incluso conscientes de su inacababilidad, tenemos el derecho y el deber de gozar con alegría del trabajo realizado.

Si queremos que el trabajo no pueda con nosotros tenemos que rechazar toda ansiedad, soñando con el objetivo final, pero concentrando nuestro esfuerzo y nuestra inteligencia en cada uno de los golpes con los que vamos puliendo y desbastando nuestra piedra bruta, atendiendo a la solidez de cada una de las hiladas de piedra que conforman la altura progresiva de los muros y las columnas.

Como reflexiona Fernando Savater con admirable maestría:

Cuando constata su presencia en la vida, el ser humano se exalta. Y esa constatación exaltada es lo que podemos llamar alegría. La alegría afirma y asume la vida frente a la muerte, frente a la desesperación. La alegría no celebra los contenidos concretos de la vida, a menudo atroces, sino la vida misma porque no es la muerte, porque no es "no" sino "sí", porque es todo frente a nada. Pero la alegría no es puro éxtasis sino actividad y va todavía más allá: lucha contra el malestar desesperado de la muerte que nos infecta de miedo, de avidez y de odio.

Nunca la alegría podrá triunfar por completo sobre la desesperación (dentro de cada uno de nosotros existen la desesperación y la alegría) pero tampoco se rendirá ante ella. A partir de la alegría tratamos de aligerar la vida del peso abrumador y nefasto de la muerte. La desesperación no conoce más que la nada que amenaza a cada cual mientras que la alegría busca apoyo y extiende su activa simpatía a nuestros semejantes, los mortales vivientes.Algunos piensan que la profundidad de carácter y la elevación moral suponen asumir una mirada severa y triste sobre la realidad.

Pero las mejores tradiciones filosóficas y espirituales se inclinan por valorar la alegría como un logro, como un elemento que nos constituye sin el que nada se puede construir.La práctica de la masonería no debe ser una carga pesada, no nos obliga tampoco a estar siempre en sintonía con el grupo, ni es tampoco un inerte estatus social, sino que debe ser mas bien una tarea, con su parte de esfuerzo y compromiso pero con un salario ineludible de alegría, de encuentro y celebración.

Cuando nos sentamos en Logia para desarrollar el rito, para deleitarnos con la armonía de la ceremonía, para propiciar la escucha del otro y para ejercer el derecho a la palabra, para conversar y por ende a vertirnos en el otro.

Cuando abrimos los trabajos en Logia no lo hacemos simplemente por inercia sino para convocar la alegría del encuentro y para celebrar que somos y estamos sobre la Tierra con nuestras herramientas para construir, con una tarea y un proyecto lleno de sentido, llamados a construir.Es cierto que la vida humana está llena de sufrimiento y que la alegría no significa ignorar frívolamente esa realidad, pero nada podremos construir y nada podremos hacer para combatir el sufrimiento si nos negamos el salario de la alegría. La vida nos ofrece siempre y a veces paradójicamente miradas y experiencias positivas, posibilidades de amor, de paz y de alegría. Celebrar estas posibilidades no es un ejercicio de escapismo sin de humanidad.

El ritual masónico es también un juego de representación y dramatización que nos debe divertir y refrescar íntimamente. Como dejó escrito Huizinga al hablar de la condición del Homo ludens en los terribles años 30, « el jeugo es más antiguo que la cultura…y los animales no han esperado a la llegada del hombre para que él les enseñe a a jugar. El juego es una función rica en sentidos, sobrepasa el ámbito de lo meramente biológico ».

Jugar en un sentido profundo nos permite crecer y conocernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea de tal modo que nos prepara para alcanzar la felicidad y para saber conservarla. Recordemos las palabras de la Oda la Alegría del hermano Schiller, iniciado en la Rudolstadt Freimaurerloge de Berlin.

¡Amigos míos, que cesen los lamentos !
Que un grito gozoso eleve hasta los cielos
nuestros cantos de fiesta
y nuestros acordes piadosos,
¡Alegría¡¡Alegría¡ Bella chispa de los dioses
Hija del Elíseo…
O Freunde, nicht diese Töne!
Sondern laßt uns angenehmere
anstimmen und freudenvollere.
Freude! Freude, schöner Götterfunken
Tochter aus Elysium,