jueves, 17 de diciembre de 2009

Masonería


En España, me da, la masonería todavía anda con los pañales puestos, y en ocasiones meando fuera de tiesto. Lo que no quiere decir que no haya buenos masones que predican y ejercen el espíritu filantrópico característico de la Orden, por encima de las medallas que parece algunos de sus miembros gustan de colgarse. Y es que, hubo un tiempo en que la masonería estuvo perseguida en nuestro país; hay quien dice que a causa de una rabieta, porque el dictador –el último– quiso ser un hermano más de “los hijos de la viuda”, y sus hombres más influyentes –entre los que se encontraba su propio hermano Ramón Franco, éste sí de sangre–, le invitaron a que cambiara de acera y se afiliara a otro colectivo discreto. De aquellos días, de las confabulaciones judeo-masónico-comunistas poco es lo que queda. Y sin embargo la masonería actual, la que acude a los grandes y pequeños eventos, parece portar los mandiles como parte de una parafernalia que viste; porque parece que eso de ser masón –dependiendo del nombre, claro está– queda bien.
No quiero ser especialmente crítico con una Orden que respeto, con la que he sentido ciertas afinidades y a la que pertenecen muchos y buenos amigos; pero creo que ha llegado la hora de que evolucione; al menos en su cara más pública, y que deje de lado los viejos preceptos por otros más acordes a nuestro siglo. En Estados Unidos, como con tantas otras cosas, ya ha sucedido; su evolución es casi diaria. Y es muy probable que la imagen de la “hermandad de los tres puntos” que ofrecerá el nuevo bestseller de Dan Brown, El símbolo perdido, tenga más que ver con la época de George Washington que con la actual; e incluso es probable que tenga que ver más con cómo está hoy en día en nuestro país, que con cómo respira en países como Francia, el Reino Unido o los mencionados Estados Unidos. Esta reflexión en letra mediana la hago sin ánimo de molestar a nadie; es consecuencia de tertulias, debates y conversaciones. Un ejemplo: “La masonería ha sentado las bases de las democracias de media Europa”. Dicha frase fue pronunciada en una tertulia ciertamente interesante por un “33” de la masonería española, ante la indiferencia de la mayoría de los presentes. Pero no es democrático precisamente que todavía hoy la presencia de la mujer en el seno de la masonería quede reducida a las logias mixtas de moderna creación y poca influencia, de las que en general estos “viejos masones” reniegan, como la Gran Logia Simbólica de España, que además, en un ejercicio –este sí– verdaderamente democrático, durante dos mandatos tuvo como cabeza visible a una Gran Maestra: Ascensión Tejerina, tan preparada como el que más para representar a una ya antiquísima institución que en nuestro país, según la logia a la que nos acerquemos, se empeña en seguir anclada en esos tiempos antiguos.
Sea como fuere el nuevo libro del superventas norteamericano me sirve para mostrar una opinión personal e intransferible, y para que un magnífico articulista, Javier García Blanco, nos sumerja en aquellos puntos que como si de un acertijo se tratase han ido jalonando los mentideros cibernaúticos, y que adelantan el contenido del libro que, al cierre de esta edición, ya ha vendido, en un sólo día, más de un millón de ejemplares en EEUU. Dan Brown vuelve a la carga, como un Atila de las letras dispuesto a entrar altivo donde otros agachan la cabeza, “implicando” en su trabajo a una institución que en su país no es ni el Vaticano, ni los Illuminati. Es más respetada, goza de buena salud, y tiene mucho poder; ya veremos, si es que las hay, cuáles son las consecuencias…
Lorenzo Fernández Bueno

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